Hay una idea que suena inofensiva y no lo es: "lo próspero nace próspero". Como si lo que hoy se ve en Polanco —fachadas, sinagogas, escuelas, negocios— hubiera llegado ya hecho. En esta cápsula seguimos el hilo al revés, hasta un hombre caminando de noche por el Centro hacia 1920, sin idioma, sin contactos, con agujas y telas para vender en abonos.
Lo que más nos removió al armarla es que ni siquiera eran "un" grupo: sirios, sefarditas, ashkenazitas, con lenguas y ritos distintos, que en 1912 empezaron juntos, con los años se organizaron por separado, y que el relato público terminó fundiendo en un solo bloque.
Ahí les dejo la duda: ¿qué se pierde, y qué se gana, cuando metemos tantas historias distintas bajo una sola etiqueta cómoda?

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