
Salvó A Las Madres Con Un Lavado De Manos Y Murió En Un Manicomio — Ignaz Semmelweis
La tesis: la misma institución que hoy le rinde homenaje fue la que lo destruyó en vida por insistir en una verdad que nadie quiso creer.
Banda sonora original · Salvó A Las Madres Con Un Lavado De Manos Y Murió En Un Manicomio
0:00 / 23:07I · La historia
Capítulo 1 de 5El Hombre Que los Manuales Citan y los Guardias Sujetan
Julio de mil ochocientos sesenta y cinco. En un pabellón de Döbling, a las afueras de Viena, un hombre de cuarenta y siete años intenta cruzar una puerta que no debería estar cerrada para él. Los guardias lo alcanzan antes de que llegue al pasillo. Lo sujetan por los brazos, por el torso, por donde pueden. No hay ceremonia en el forcejeo, solo la mecánica bruta de reducir un cuerpo que se resiste. La puerta vuelve a cerrarse. Nadie en esa sala sabe todavía que ese cuerpo pertenece a uno de los médicos que más vidas salvó en la historia de la obstetricia europea.
Hoy ese nombre está grabado en la fachada de una universidad de Budapest. Aparece en cada manual de control de infecciones que se imprime en el mundo. Le da nombre a un fenómeno psicológico que describe el instinto humano de rechazar la evidencia que incomoda. La institución médica lo cita con reverencia en sus congresos. La misma institución médica fue la que, aquella noche de julio, ayudó a llevarlo hasta ese pabellón con engaños.
Se llamaba Ignaz Semmelweis.
Para entender cómo llegó a esa puerta hay que retroceder casi cinco décadas, hasta una casa de comerciantes en Tabán, un barrio en las colinas de Buda, sobre el Danubio. Ahí nació en mil ochocientos dieciocho, el quinto de diez hijos de un tendero de especias de origen alemán. Un imperio austríaco que hablaba alemán en sus universidades y latín en sus diplomas no tenía demasiado espacio reservado para un húngaro de apellido alemán criado entre sacos de pimienta y canela. Era forastero dos veces: por origen y por oficio de su padre, ajeno a la nobleza y a la toga académica que dominaba Viena.
Hay algo que ningún biógrafo necesita inventar porque ya está en el registro familiar: aquella tienda vendía aromas que perfumaban cocinas enteras de Buda. El hijo de esa tienda terminaría obsesionado, años después, con un olor que ningún médico de su época quería nombrar en voz alta dentro de un hospital. El olor de las manos que acababan de tocar un cadáver antes de tocar a una parturienta.
Pero eso vendría después. En mil ochocientos treinta y siete, con diecinueve años, Semmelweis llegó a Viena por voluntad de su padre, que quería verlo convertido en abogado. Se matriculó en Derecho. Algo en la Facultad de Medicina, quizás una clase de anatomía a la que asistió casi por curiosidad, lo hizo cambiar de rumbo casi de inmediato. Abandonó los códigos legales por las salas de disección.
La élite médica vienesa de aquellos años era un mundo cerrado, jerárquico, orgulloso de su autoridad de origen más que de sus resultados clínicos. Semmelweis no tenía apellido de peso ni patrocinio aristocrático. Tenía, eso sí, una obsesión metódica por observar y contar que sus profesores notaron pronto. En mil ochocientos cuarenta y cuatro obtuvo su doctorado en Medicina y completó además una maestría en obstetricia, una especialidad considerada menor por buena parte de sus colegas, apenas un escalón por encima de la partería. Dos años después, en mil ochocientos cuarenta y seis, consiguió un puesto de asistente en la Primera Clínica Obstétrica del Hospital General de Viena, el más grande de Europa. Ahí, entre camas de madera y salas mal ventiladas, se cruzaría con una cifra que ningún manual de la época sabía explicar.
Ese cruce entre un forastero disciplinado y una mortalidad inexplicada es lo que, con el tiempo, lo pondría en curso de colisión con la medicina que lo había formado. Todavía faltan años para llegar a Döbling. Pero la pregunta que aquella escena de mil ochocientos sesenta y cinco deja flotando merece respuesta antes de avanzar: ¿qué hizo exactamente este hombre, con esas manos que ahora sujetaban los guardias, para que la misma profesión que hoy lo honra decidiera entonces que su lugar era detrás de una puerta cerrada?
